Película: Boleto al paraíso. Dirección: Gerardo Chijona. Países: Cuba, España y Venezuela. Año: 2010. Duración: 88 min. Género: Drama. Interpretación: Miriel Cejas (Eunice), Héctor Medina (Alejandro), Jorge Perugorría (Rensoli), Luis Alberto García (Armando), Dunia Matos (Lidia), Saray vargas (Yusmary), Fabián Mora (Fito), Alberto Pujol (taxista), Ariadna Muñoz (Milena), Blanca Rosa Blanco (Alicia). Guion: Francisco García, Gerardo Chijona y Maykel Rodríguez; inspirado en el libro “Confesiones a un médico”, de Jorge Pérez. Producción: Isabel Prendes, Antonio Hens y Camilo Vives. Música: Edesio Alejandro. Fotografía: Raúl Pérez Ureta. Montaje: Miriam Talavera. Diseño de producción: Lorenzo Urbiztondo. Vestuario: Roberto Ramos. Estreno en España: 28 Octubre 2011. Calificación por edades: No recomendada para menores de 16 años.

“Boleto al paraíso” nos traslada a Cuba en el año 1993. Eunice, adolescente huérfana de madre, quiere alejarse del acoso sexual de su padre y escapa de casa, en busca de su hermana que vive en un pueblo cercano a la capital. Alejandro, un joven rockero, está cansado de ser discriminado por la sociedad y, después de robar en una farmacia, parte con un par de amigos hacia La Habana, donde les aguarda una extraña promesa de libertad. El azar cruza los destinos de ambos jóvenes y juntos deciden salir en busca de un paraíso, quizás real.

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El veterano director Chijona aborda un tema, o varios, realmente explosivos en una Cuba desesperanzada de los 90, donde un grupo de adolescentes confusos inician una huida hacia adelante por un laberinto sin apenas salida.
Funciona mejor la primera parte, donde todo es más simple dentro del dramatismo que conlleva el acosos sexual de la protagonista y Chijona se mueve con más soltura en un terreno que le es más conocido. El giro que suscita el cruce de las dos historias en que se basa el guión parece venirles un poco grande a todo el equipo y la cosa toma un cariz errático cercano al melodrama cayendo en muchos de los tópicos que el propio director ha declarado que quería evitar. A veces a uno le parecía estar leyendo una de las novelas juveniles del jesuita Martín Vigil, allá por los 60 y hay un cierto tufillo por contradictorio que parezca a eximir al régimen de las causas que llevan a su juventud a situaciones tan desesperadas, por mucho que dispongan de centros de asistencia para curar enfermedades físicas cuyo tratamiento debe ser preventivo y social. En definitiva la realización no está a la altura de lo que se nos quiere contar. La interpretación voluntariosa de un casting no profesional buscando acercarse al documental termina por jugar en contra y el disparo en nuestras conciencias acaba por ser de fogueo por mucho que resuene.
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